Todos tenemos una motivación, pero no todos tenemos las mismas oportunidades.
El show de la realidad

Una tendencia curiosa y masiva de este siglo ha sido la de los reality shows, documentales, películas y redes sociales que muestran la vida de personas reales, comunes y corrientes, en televisión, cine e internet, respectivamente. Al parecer en nuestro consciente colectivo existe eso que los medios de comunicación nos han inculcado desde que nacieron: La fama, y ésta asociada al éxito.
Con tal de obtener estas dos necesidades elementales para la sociedad actual, estamos dispuestos a perder lo más preciado que tenemos los seres humanos: la libertad y el derecho a la privacidad.
Con el tiempo esta tendencia se ha apoderado de los medios de comunicación, siendo una parte importante de la programación en la mayoría de los canales de TV. Y esto no es algo que sólo compete a las personas que son parte de esas ‘historias reales’, sino también a los espectadores que consumimos ese producto, convirtiéndonos en verdaderos voyeristas, mirando con morbo a través de la rendija de una puerta pública.
Recordemos la gran cobertura mediática que tuvo la exposición de la obra “La Casa de Vidrio” del grupo Uro1. Mucha gente se aglomeró para ver a una mujer que hacía lo que todos hacemos en nuestras casas. O la masiva concurrencia de público a la sesión de desnudo fotográfico de Tunick.
El arte necesitó mostrar lo que somos, pero la gente también buscó esas obras, no con el afán de analizarlas, sino con el afán simple y llano de mostrarse o mirar.
Las redes sociales suplen también esta necesidad de convertirnos en personajes públicos, entregándonos todas las facilidades existentes para mostrar cada cosa que hacemos, como vivimos, qué comemos, con quienes nos juntamos, qué pensamos, qué sentimos, etc.
¿Cuales son las consecuencias de este libertinaje a la que nuestra vida privada está expuesta?
Todo empieza como un producto de consumo, donde los medios de comunicación son el factor primordial. La generación de recursos a costa de nosotros. La generación de nuevos personajes (”famosos comunes”) con los cuales lucrar simplemente mostrando lo que hacen.
Pero luego esto se puede poner feo.
La literatura de ciencia ficción posterior a la Segunda Guerra Mundial ha funcionado a modo de espejo futurista, donde podemos mirarnos y ver que la mayoría de los acontecimientos que estamos viviendo en este aspecto es más cercano de lo que esos escritores veían.
¿Recuerdan o han escuchado los siguientes títulos?:
The Truman Show (Peter Weir, 1998), The Minority Report (Philip K. Dick, 1956), 1984 (George Orwell, 1948), Farenheit 451 (Ray Bradbury, 1953), Un Mundo Feliz (Aldous Huxley, 1932), V de Vendetta (Alan Moore y David Lloyd, 1982-1988).
Todas las obras antes mencionadas tocan, de alguna manera o completamente, la pérdida de la libertad, la ausencia de privacidad y la opresión como consecuencia de esta disponibilidad de ser condescendientes con mostrar nuestra vida públicamente.
El asunto se torna peligroso, los sistemas de seguridad de los gobiernos utilizan cámaras de vigilancia públicas para protegernos, pero también hay cámaras de vigilancia dentro de las oficinas u otros lugares de trabajo; Existen sistemas que pueden entrar en nuestras cuentas de e-mail, o revisar nuestros archivos personales si estamos conectados a internet. Durante el gobierno de George W. Bush se facilitó la apertura a investigar (interviniendo cuentas de e-mail y teléfonos celulares) a todos los ciudadanos con la excusa de que era un tema de “seguridad nacional”.
Nos estamos acostumbrando a ser observados, a buscar que nos observen. Nos estamos acostumbrando peligrosamente, basta tan sólo una excusa que gatille la obligatoriedad para que nuestra privacidad sea intervenida sin nuestro consentimiento.
¿Sin nuestro consentimiento?
Piensen en eso cuando agreguen su número de celular a su cuenta de Facebook, o participen en el casting de un nuevo reality show.
La tendencia a buscar y mostrar la realidad es cada vez mayor. Por ser real puede significar que sea transparente, pero no siempre es así.

